Por Liliana Zapata, Yanina Merlo y Juan Manuel Moro
Priscila como todos los días se levantó muy temprano. Aún estaba oscuro. Llovía. Mientras su marido Raúl se vestía para ir a la oficina, ella se apresuraba a preparar el tradicional desayuno: café con leche, dos tostadas, cigarrillos, el diario de la mañana que tomaba del umbral de la puerta y la radio sintonizada en las noticias.
Amorosa y expectante lo esperaba en la cocina. Cuando Raúl apareció no le habló ni le agradeció, solo se sentó en su silla mecedora, mezcló el café con leche, lo probó de un sorbo, encendió un cigarrillo y mientras escuchaba las noticias hojeó el diario de la mañana. Priscila se sorprendió con la actitud, pero Raúl siguió ajeno a su presencia.
De pronto una bocina volvió la atención de ambos hacia afuera. Raúl se paró rápidamente, se colocó el piloto, tomó el paraguas y salió. Besó a la mujer que conducía el auto, se subió y se fueron.
Priscila no podía creer lo que estaba viendo. ¿Por eso no le hablaba? Priscila entre el enojo y las lágrimas. Una rara sensación. Torbellino mental, luces, chispazos, un camión que venía hacia ella, frenada, bocina y el recuerdo. Priscila lo comprendió, y rompió en llanto.
