De plumas y aluminio

Por Zoé Munk

 

Amutuy, soledad.
Que mi hermano
Me arrincona, sin piedad.
Vámonos que el alambre y el fiscal
Pueden más.
Amutuy, sin mendigar.

Amutuy Marcelo Berbel

Le había hecho un ribete de cartón al canto de la ventana para que no pasara el frío. Pero el viento del sur es fuerte y pasaba igual, así que a la noche se acostó a dormir con el pullover que le había hecho la comadre. Escuchó gritos funestos y un portazo conclusivo. Supo que había amanecido una vez más.

Sin cambiarse la ropa, agarró la mochila y salió a la calle. El cielo todavía estaba oscuro pero el sol iría saliendo camino a la primaria. Le gustaba pisar los charcos congelados creando astillas de hielo. Pero a veces le tocaba alguno medio derretido y el agua se le filtraba por las suelas raídas mojándole las medias. Cuando llegó a la escuela, después de mucho caminar, entró furtivamente al baño. Se arregló el endurecido pelo como pudo y se lavó la cara.

En la fila de entrada escuchó unas risitas agudas a sus espaldas. Hizo oído atento y entre susurros le llegaron comentarios sobre el olor a humo. El estómago se le retorció de vergüenza y hambre, no había desayunado, tampoco cenado. Así que las palabras del director sobre falta de presupuesto para víveres y recortes a la educación, no le cayeron nada bien.

Ese había sido un año jodido, en su casa las cosas no andaban bien. Las intenciones del gobierno de echar a su familia de la tierra en la que vivían y trabajaban se habían intensificado con la llegada de una empresa interesada en la zona. Su mamá le había explicado como ellos querían “invertir en turismo”. Ella no sabía todavía lo que significaba invertir, pero entendía que no podía ser nada bueno para ellos. Su hermano había sido capturado por la policía en la última manifestación y todavía no regresaba. Entonces en las tardes tenía el doble de tareas que hacer en su casa y no podía juntarse a hacer los trabajos de la escuela con sus compañeras. Le daba mucha timidez admitirlo, decía simplemente que no tenía ganas.

Entre tanta cosa mala había una buena. En la otra punta del gimnasio divisó una sonrisa clara, flotando en un rostro oscuro. Saludó con la mano y apuró el paso entre los niños.

-Mari Mari Lamgen- dijo, y recibió la misma frase como respuesta.

Cuando las luces se apagaron se sentaron uno junto al otro en el suelo y el acto comenzó. Un grupo de niñas y niños de primer grado vestidos con bolsas de arpillera y vinchas de plumas ingresaron en fila al escenario. Ella rió pensando:

Imaginate andar así en la intemperie ¡Te re cantás de frío! -Una mirada severa de su maestra acalló las risas.
Los niños bailaban música instrumental de forma grotesca, de repente en el escenario se hizo presente un grupo de tercer grado. Disfrazados de cabos y almirantes, con ropa azul y arreglos de papel aluminio pegados con cinta, apuntaron de forma amenazante sus rifles de plástico a los indiecitos. Los pequeños se tomaron en ronda de las manos, y uno a uno fueron cayendo asesinados por balas invisibles.

Le ardió la garganta pensando en su hermano ¿Y si acaso ese había sido su destino? No podía ser, su mamá lo había ido a ver a la comisaria. De todas formas, aunque no hubiese muerto. Cómo era posible que siempre los encargados de protegerlos los hiriesen. ¿Qué marcaba sus cuerpos para ser vistos como enemigos desde hacía tantos años? Si lo único que hacían era trabajar al igual que todos. ¿Acaso la piel oscura? ¿La lengua? ¿El olor a humo?

Entre tantas cosas que se hablaron ese día en el acto, una sola palabra resonó en la mente de la niña. El ardor de su garganta se convirtió en quemadura. El apellido de una de las familias que había financiado el genocidio coincidía exactamente con el de la empresa que quería invertir en sus tierras.

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